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Posts Tagged ‘historia alternativa’

Ficción: Gente peligrosa, de más allá del mar.

Posted by El Corsario Negro en 2012-09-16

A la distancia pudo ver a los extraños de más allá del mar.
Gente peligrosa, se recordó.
La construcción de la calzada de Ixtapalapan, en perfecta línea recta sobre el lago, permitía que pudiese ver la columna de extraños. Es más, podía ver los contingentes de Tlaxcaltecas, sus enemigos, que iban detrás de ellos.
Sus grandes venados cargaban a sus guerreros de metal. Sus ropas y armas eran toscas, frías y duras, completamente alejadas de la belleza y delicadeza de las armas de sus ejércitos.
Eran gente extraña, diferente. Venida de otro mundo, un mundo que nunca hubiese adivinado existía más allá del Anáhuac.
Gente peligrosa. Gente nueva.
Sabía de la terrible matanza que habían hecho en el Tlachihualtepetl. Sabia de sus terribles armas que arrojaban fuego y metal y mataban a los guerreros sin dar oportunidad de capturarles y sacrificarles. Matar por matar. ¿Había algo más peligroso?
Y sus enormes venados. ¿No había visto esos mismos venados, como en un sueño, en la cabeza de aquella ave maldita que le habían llevado un par de años antes? Enormes venados desde donde se podía atacar, con una fuerza y velocidad que nunca hubiese creído posible.
Y había, le habían dicho, muchas más de esas extrañas personas allá del otro lado del mar. Todo un mundo nuevo. Miles y millones de guerreros. Armados de metal, montados en gigantescos venados, hambrientos de sangre y oro.
Gente peligrosa. Gente desconocida.
Volteo a su alrededor, al reconfortante bullicio de su propio mundo. Mucha gente se movía a los lados de la calzada al verlo pasar. Todos volteaban el rostro, o miraban al suelo. Hacía muchos años que nadie lo había visto a la cara. Estaba prohibido. Nadie podía ver directamente su rostro, sus ojos. Él lo había dictaminado así.
Miró hacia el lago, hacía el espejo de agua donde se refleja la luna, el centro del mundo. Muchas canoas estaban allí, siguiéndole como las nubes seguían al sol, esperando presenciar el histórico encuentro. Tratando de adivinar que iba a pasar. Como iba a ser el recibimiento de los extraños. Cuando miraba a las canoas veía todos los rostros voltear, alejar la mirada de la suya, como debía de ser, como él había ordenado.
¿Qué iba a hacer? ¿Iba a regalar su trono a aquellos extraños? ¿Iba a permitir a los Tlaxcaltecas entrar a su ciudad? ¿Iba a reconocerlos como Dioses? ¿Cómo iguales? Ellos eran distintos, desconocidos, nuevos.
Gente peligrosa. Gente a la que debía tratarse con tacto, con prudencia.
Antes de darse cuenta estaba cerca de su capitán. Cortés. Quetzalcóatl, regresando del mar a castigarles, decían algunos. A su derecha el hombre de pelo amarillo cual la corona del sol, Alvarado, el cual decían era Tonatiuh llegado del cielo a la tierra. A la izquierda la mujer, Malitzin, su lengua y voz, y según algunos, una muy inteligente mujer.
Los señores que barrían el suelo ante él se habían movido a un lado. Los señores que ponían las mantas a sus pies estaban colocando las últimas antes de abrirle paso para que se acercara al líder de los extraños. Era el momento de la historia. Era el momento de la verdad.
¿Era Cortes el más peligroso de todos aquellos extraños?
Definitivamente no.
El rostro de Cortes tenía grandes supuraciones. Sus ojos estaban hundidos, su boca seca. Su piel, increíblemente blanca, estaba ahora destruida por las llagas.
No iba a sobrevivir mucho. Él lo sabía.
Eran casos muy raros, pero algunos de los bebés de su pueblo se veían así pocos días antes de morir. La gran mayoría enfermaban antes de los tres meses, pero tras un par de días de algunas pequeñas manchas rojas en la piel se recuperaban sin complicaciones. Pero muy a veces, muy de vez en cuando, un niño enfermaba después, al medio año o más, y no se recuperaba, y su piel se rompía y supuraba, y sus padres lloraban y sufrían con su dolor, pues sabían que no había nada que hacer. Un niño así enfermo iba a morir.
Cortés iba a morir.
Ya ahora era incapaz de hablar, sus ojos empezando a adquirir el tono rojizo de los que ya no tenían muchos días por delante. Un par de días, máximo, antes que ese extraño muriera, y dejara claro a todos los habitantes de la ciudad que no era Quetzalcóatl, que no era un dios. Que era solo un hombre, un hombre enfermo. Un hombre muerto.
Miró a Alvarado, el guerrero sol que había matado a tantos en Cholōllān. Las primeras manchas rojas empezaban a mostrarse en su rostro. Sus labios estaban secos.
Viviría una semana a lo sumo. Un poco más, reflexionó, ya que era un hombre fuerte. Peor para él, el dolor y sufrimiento serían mayores antes de morir. Posiblemente perdiera la razón antes del final.
Atrás de ellos vio a sus guerreros, montados en sus grandes venados, todos con manchas rojas en sus blancos rostros. Todos con los labios secos.
Todos iban a morir.
El los invitaría a su ciudad. A sus palacios. Les dará toda la comida y agua que fuese posible. Haría que sus sirvientas limpien sus heridas y cuiden de sus cuerpos. Haría que sus nobles hablasen con ellos. Averiguaran todo lo posible de su lugar de origen, de sus señores, de sus armas y dioses.
Haría que sus sirvientes cavaran tumbas para ellos y los enterrasen con todos los honores. Y después sus guerreros capturarán a los Tlaxcaltecas, los cuales serán ceremonialmente sacrificados, y se apoderarán de las armas y venados de los extraños.
Y Malitzin… sería muy útil, para hablar con los extraños cuando llegaran a sus tierras, como conquistadores. Todo un nuevo mundo para conquistar, para habitar, después de que los extraños muriesen, enfermos con rostros blancos desfigurados por las manchas rojas, con los labios secos.
Todos iban a morir.
Bueno, quizás sus bebés sobrevivirían para ser sacrificados. Un nuevo mundo de sacrificios para Huitzilopochtli.
Todos sabían que los Mexicas eran gente peligrosa.
¿Será correcto para un Tlatoani andar a venado? – Se preguntó.

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30 Libros: Día 17: Lest Darkness Fall, Lyon Sprague de Camp

Posted by El Corsario Negro en 2011-09-01

“He’d teetered along for over a year and a half, grabbing a little power here, placating a possible enemy there, keeping far enough out of the bad graces of the various churches, starting some little art such as spinning of sheet copper. Not bad for Mouse Padway! Maybe he could keep it up for years.
And if he couldn’t-if enough people finally got fed up with the innovations of Mysterious Martinus-well, there was a
semaphore telegraph system running the length and breadth of Italy, some day to be replaced by a true electric telegraph, if he could find time for the necessary experiments. There was a public letter post about to be set up. There were presses in Florence and Rome and Naples pouring out books and pamphlets and newspapers. Whatever happened to him, these things would go on. They’d become too well rooted to be destroyed by accident.
History had, without question, been changed.
Darkness would not fall.”
Lest Darkness Fall, Lyon Sprague de Camp

A través del weblog Teoría del Caos, de René López, me entero del esfuerzo de Mauricio Montenegro de escribir la recomendación de 30 libros en un mismo número de días, con una condición muy especial en cada uno de ellos, lo cual está haciendo en su weblog 30 Libros.

A mi nadie me invitó, pero tratandose de libros, me invito yo solo. Empecemos.

17. Uno de este año.

Voy a entender la condición de este día como “uno leído este año”. y debo decir que había puesto en mi lista “Ancestor” de Scott Sigler, que oído en forma de podcasts inundó mis viajes al trabajo de sangre y emociones. Sin embargo tuve la oportunidad, apenas la semana pasada, de leer un libro el cual me hizo emocionarme y soñar en cambiar el mundo, y definitivamente supe que tenía que mencionarlo aquí.

Durante algunos años un género de la ciencia ficción que me ha intrigado mucho es la Historia Alternativa. ¿Que hubiera pasado si las cosas, en el pasado, hubieran sido diferentes? Vaya, incluso he tratado de escribir dentro de ese género. El imaginar que tan diferente sería la civilización humana sujeta a distintos cambios me es muy llamativo. ¿Será por lo mucho que me gusta la historia? De hecho, otro libro de este mismo tema aparecerá en un día próximo.

A veces, en el metro, mientras veo las luces del túnel pasar rápidamente, me pregunto a que fecha querría viajar para tener el mayor efecto posible. ¿Salvar la biblioteca de Alejandría? ¿Evitar la separación del imperio Carolingio? ¿Vacunar a los antiguos habitantes de América? ¿Matar a Hitler?

Bueno, Lyon Sprague de Camp, en la primera novela de este género (fue escrita en 1939), nos da una excelente respuesta. Evitar que caiga la oscuridad.

Lest Darkness Fall

Lest Darkness Fall

¿Cómo no me iba a encantar esta novela? De hecho, aún antes de leerla usaba su título para terminar escritos y discusiones. Evitar que caiga la oscuridad. Eso es lo que quiero hacer con mi vida. Eso es lo mas importante que quiero enseñar a mis hijos. El conocimiento y ciencia que tenemos hoy en día no lo debemos dar por sentado. No fue gratis. Y se puede perder en una o dos generaciones, si no tenemos cuidado. Ha pasado antes. Puede volver a pasar. Debemos estar alertas para evitar que suceda. No podemos permitirnos el lujo de perder lo poco de ciencia y tecnología que hoy tenemos. Y hay mucha religión, superstición e ignorancia que quieren arrastrarnos de regreso a una edad oscura.

Ese es la gran idea de la novela: ¿Qué mejor que llegar al siglo VI después de cristo y evitar la caída del imperio romano de occidente? ¿Qué mejor que salvar la civilización en Europa del oeste y preservar la cultura grecorromana? ¿Introducir términos como gravitación, higiene, imprenta, abolición de la esclavitud?

¿Qué darías por evitar 1,000 años de estancamiento en un mundo de religión y supersticiones? ¿Qué darías por evitar la edad media?

¿Qué darías para evitar que caiga la oscuridad?

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Ficción: El último obstáculo

Posted by El Corsario Negro en 2011-06-13

En esa noche de otoño el frío del bosque era húmedo. Un frío que helaba el sudor en la piel y provocaba las malignas fiebres que lo mataban a uno, pensaba el padre mientras se calaba el sombrero y se ajustaba el gabán que lo cobijaba.
Allá, al alcance de la mano, sobre el horizonte, estaba la ciudad, eternamente lejos, como un espejismo el cual sabia nunca podría alcanzar, por mas cerca que aparentara estar.
Ya había terminado el veloz “consejo” con sus “confesores”, como el los llamaba. Padres e idealistas como él, dos viejos amigos y un recién conocido el cual solo podía describir como un “espíritu afín”, simpático y de confianza desde el primer momento. Ya ninguno joven, vio a sus tres amigos tratar de calentarse en la fogata. Ojalá ninguno enfermase. Una guerra es un muy mal momento para enfermar.
Terminada su conferencia todos aguardaban en silencio la llegada de los capitanes, el grupo de oficiales que se habían revelado con ellos, que habían mandado a llamar. El sabia que nos les agradaría su decisión, ni la orden de retirarse de un campo de batalla donde habían sido victoriosos, de una ciudad que ya daban por suya, de una guerra que daban ya por ganada, y de una independencia que soñaban ya consumada.
No agradarles era un eufemismo. Iba a necesitar toda su fuerza de carácter para imponerles su voluntad, pero confiaba en el señor y en su capacidad para hacerlo. Tenía que demostrar que era el Capitán General de ese ejército, y sus órdenes debían ser obedecidas.
Esa ciudad, en el horizonte. Parte de el sabía que nunca volvería a estar tan cerca como en ese momento. Lo atarían legos de allí, y no habría razón de llevarlo, ni vivo ni muerto. Esa ciudad, esa victoria, esa independencia, ese espejismo que esta noche se reusaba a perseguir sin una posibilidad real de alcanzar.
Y sus “confesores” estaban de acuerdo, con la misma tristeza y fatalismo que embargaba su propio corazón. No estaban listos. En caso de avanzar no lograrían una revolución, sino un saqueo y degüello en el caso de que tomaran la ciudad. El costo sería enorme para ellos, terrible para los defensores e inaceptable para él. No se volvería un nuevo Robespierre, asesino de la nación que quería liberar. Así fuese su vida, y la vida de todo su ejercito, no sacrificaría sus almas a cambio de un espejismo de una libertad temporal ganada a través del asesinato de una ciudad entera.
La llegada de media docena de capitanes llamó su atención lejos de sus reflexiones, y tomando una pose marcial correspondiente a su cargo abrió con órdenes:
– Como Capitán General del Ejercito he decidido que mañana a primera hora nos dirigiremos por el rumbo de Toluca, y nos fortificaremos contra el contraataque de nuestros enemigos.
No había razones para abrir un diálogo o invitar a un debate. El sabía lo que tenía que hacerse, y ahora era cosa de forzar a los capitanes a llevarlo a cabo.
Observó a la luz de las llamas, las mandíbulas tensandose y los puños cerrase con fuerza. Sin embargo no hubo ninguna queja inmediata, solo miradas furiosas y penetrantes.
¿Sería que ellos también habían entendido por que debían replegarse habiendo ganado la batalla y quizás la guerra? ¿Había triunfado su entrenamiento y disciplina militar? ¿Por que no decían nada?
Ya toda la tarde habían manifestado, con vehemencia, su desacuerdo con la mera sugerencia de continuar el avance hacia la ciudad. ¿Por que ahora no decían nada?
El capitán, jefe y caudillo de todos ellos, con voz grave y triste, sin enojo aparente, le increpó:
– Padre, ¿Está seguro de esa decisión? ¿Hay forma de convencerlo de cambiar su opinión a este respecto? ¿Aceptaría nuestro consejo en este asunto militar?
El padre contesto manteniendo la posición y fuerza en la voz.
– Su consejo ya lo he recibido y tomado en cuenta, y la decisión ha sido tomada, ahora solo requiero de ustedes que lleven a cabo sus órdenes.
El capitán dejo ver un instante de tristeza en sus ojos, antes de erguirse como el padre no lo había visto hacer en mucho tiempo, desde la madrugada cuando había empezado su aventura libertaria.
– Teniente – dijo con voz de mando sin dejar a ver al padre – ya tiene sus órdenes, por favor llevelas a cabo.
De entre los oficiales el Teniente Coronel, gran amigo del capitán, y su compañero desde el inicio de la insurrección, dio un paso al frente de los demás y levanto su brazo, la mano a la altura del pecho.
El padre se sorprendió al ver una pistola en ella. No pudo decir nada, y su cuerpo cayó hacia atrás sin perder el rictus de asombro, el pecho destrozado por el disparo a bocajarro.
Otros disparos mas terminaron con los demás curas en menos de medio minuto.
– Señores, ya saben que hacer. Avisen a la tropa del asesinato del padre por parte de una partida de realistas, de como asumo el cargo de Capitán General, y de como mañana vengaremos su muerte al tomar la ciudad.
Los oficiales a su alrededor sonrieron, las llamas de la fogata reflejándose en sus ojos fieros.
– La independencia es nuestra, ¡Vamos a por ella!
Los oficiales emitieron gritos y vivas de apoyo. La independencia sería de ellos.
Ya no había nadie mas que pudiese detenerlos.

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