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Archive for the ‘Ficción’ Category

Ficción: Gente peligrosa, de más allá del mar.

Posted by El Corsario Negro en 2012-09-16

A la distancia pudo ver a los extraños de más allá del mar.
Gente peligrosa, se recordó.
La construcción de la calzada de Ixtapalapan, en perfecta línea recta sobre el lago, permitía que pudiese ver la columna de extraños. Es más, podía ver los contingentes de Tlaxcaltecas, sus enemigos, que iban detrás de ellos.
Sus grandes venados cargaban a sus guerreros de metal. Sus ropas y armas eran toscas, frías y duras, completamente alejadas de la belleza y delicadeza de las armas de sus ejércitos.
Eran gente extraña, diferente. Venida de otro mundo, un mundo que nunca hubiese adivinado existía más allá del Anáhuac.
Gente peligrosa. Gente nueva.
Sabía de la terrible matanza que habían hecho en el Tlachihualtepetl. Sabia de sus terribles armas que arrojaban fuego y metal y mataban a los guerreros sin dar oportunidad de capturarles y sacrificarles. Matar por matar. ¿Había algo más peligroso?
Y sus enormes venados. ¿No había visto esos mismos venados, como en un sueño, en la cabeza de aquella ave maldita que le habían llevado un par de años antes? Enormes venados desde donde se podía atacar, con una fuerza y velocidad que nunca hubiese creído posible.
Y había, le habían dicho, muchas más de esas extrañas personas allá del otro lado del mar. Todo un mundo nuevo. Miles y millones de guerreros. Armados de metal, montados en gigantescos venados, hambrientos de sangre y oro.
Gente peligrosa. Gente desconocida.
Volteo a su alrededor, al reconfortante bullicio de su propio mundo. Mucha gente se movía a los lados de la calzada al verlo pasar. Todos volteaban el rostro, o miraban al suelo. Hacía muchos años que nadie lo había visto a la cara. Estaba prohibido. Nadie podía ver directamente su rostro, sus ojos. Él lo había dictaminado así.
Miró hacia el lago, hacía el espejo de agua donde se refleja la luna, el centro del mundo. Muchas canoas estaban allí, siguiéndole como las nubes seguían al sol, esperando presenciar el histórico encuentro. Tratando de adivinar que iba a pasar. Como iba a ser el recibimiento de los extraños. Cuando miraba a las canoas veía todos los rostros voltear, alejar la mirada de la suya, como debía de ser, como él había ordenado.
¿Qué iba a hacer? ¿Iba a regalar su trono a aquellos extraños? ¿Iba a permitir a los Tlaxcaltecas entrar a su ciudad? ¿Iba a reconocerlos como Dioses? ¿Cómo iguales? Ellos eran distintos, desconocidos, nuevos.
Gente peligrosa. Gente a la que debía tratarse con tacto, con prudencia.
Antes de darse cuenta estaba cerca de su capitán. Cortés. Quetzalcóatl, regresando del mar a castigarles, decían algunos. A su derecha el hombre de pelo amarillo cual la corona del sol, Alvarado, el cual decían era Tonatiuh llegado del cielo a la tierra. A la izquierda la mujer, Malitzin, su lengua y voz, y según algunos, una muy inteligente mujer.
Los señores que barrían el suelo ante él se habían movido a un lado. Los señores que ponían las mantas a sus pies estaban colocando las últimas antes de abrirle paso para que se acercara al líder de los extraños. Era el momento de la historia. Era el momento de la verdad.
¿Era Cortes el más peligroso de todos aquellos extraños?
Definitivamente no.
El rostro de Cortes tenía grandes supuraciones. Sus ojos estaban hundidos, su boca seca. Su piel, increíblemente blanca, estaba ahora destruida por las llagas.
No iba a sobrevivir mucho. Él lo sabía.
Eran casos muy raros, pero algunos de los bebés de su pueblo se veían así pocos días antes de morir. La gran mayoría enfermaban antes de los tres meses, pero tras un par de días de algunas pequeñas manchas rojas en la piel se recuperaban sin complicaciones. Pero muy a veces, muy de vez en cuando, un niño enfermaba después, al medio año o más, y no se recuperaba, y su piel se rompía y supuraba, y sus padres lloraban y sufrían con su dolor, pues sabían que no había nada que hacer. Un niño así enfermo iba a morir.
Cortés iba a morir.
Ya ahora era incapaz de hablar, sus ojos empezando a adquirir el tono rojizo de los que ya no tenían muchos días por delante. Un par de días, máximo, antes que ese extraño muriera, y dejara claro a todos los habitantes de la ciudad que no era Quetzalcóatl, que no era un dios. Que era solo un hombre, un hombre enfermo. Un hombre muerto.
Miró a Alvarado, el guerrero sol que había matado a tantos en Cholōllān. Las primeras manchas rojas empezaban a mostrarse en su rostro. Sus labios estaban secos.
Viviría una semana a lo sumo. Un poco más, reflexionó, ya que era un hombre fuerte. Peor para él, el dolor y sufrimiento serían mayores antes de morir. Posiblemente perdiera la razón antes del final.
Atrás de ellos vio a sus guerreros, montados en sus grandes venados, todos con manchas rojas en sus blancos rostros. Todos con los labios secos.
Todos iban a morir.
El los invitaría a su ciudad. A sus palacios. Les dará toda la comida y agua que fuese posible. Haría que sus sirvientas limpien sus heridas y cuiden de sus cuerpos. Haría que sus nobles hablasen con ellos. Averiguaran todo lo posible de su lugar de origen, de sus señores, de sus armas y dioses.
Haría que sus sirvientes cavaran tumbas para ellos y los enterrasen con todos los honores. Y después sus guerreros capturarán a los Tlaxcaltecas, los cuales serán ceremonialmente sacrificados, y se apoderarán de las armas y venados de los extraños.
Y Malitzin… sería muy útil, para hablar con los extraños cuando llegaran a sus tierras, como conquistadores. Todo un nuevo mundo para conquistar, para habitar, después de que los extraños muriesen, enfermos con rostros blancos desfigurados por las manchas rojas, con los labios secos.
Todos iban a morir.
Bueno, quizás sus bebés sobrevivirían para ser sacrificados. Un nuevo mundo de sacrificios para Huitzilopochtli.
Todos sabían que los Mexicas eran gente peligrosa.
¿Será correcto para un Tlatoani andar a venado? – Se preguntó.

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Ficción: El último obstáculo

Posted by El Corsario Negro en 2011-06-13

En esa noche de otoño el frío del bosque era húmedo. Un frío que helaba el sudor en la piel y provocaba las malignas fiebres que lo mataban a uno, pensaba el padre mientras se calaba el sombrero y se ajustaba el gabán que lo cobijaba.
Allá, al alcance de la mano, sobre el horizonte, estaba la ciudad, eternamente lejos, como un espejismo el cual sabia nunca podría alcanzar, por mas cerca que aparentara estar.
Ya había terminado el veloz “consejo” con sus “confesores”, como el los llamaba. Padres e idealistas como él, dos viejos amigos y un recién conocido el cual solo podía describir como un “espíritu afín”, simpático y de confianza desde el primer momento. Ya ninguno joven, vio a sus tres amigos tratar de calentarse en la fogata. Ojalá ninguno enfermase. Una guerra es un muy mal momento para enfermar.
Terminada su conferencia todos aguardaban en silencio la llegada de los capitanes, el grupo de oficiales que se habían revelado con ellos, que habían mandado a llamar. El sabia que nos les agradaría su decisión, ni la orden de retirarse de un campo de batalla donde habían sido victoriosos, de una ciudad que ya daban por suya, de una guerra que daban ya por ganada, y de una independencia que soñaban ya consumada.
No agradarles era un eufemismo. Iba a necesitar toda su fuerza de carácter para imponerles su voluntad, pero confiaba en el señor y en su capacidad para hacerlo. Tenía que demostrar que era el Capitán General de ese ejército, y sus órdenes debían ser obedecidas.
Esa ciudad, en el horizonte. Parte de el sabía que nunca volvería a estar tan cerca como en ese momento. Lo atarían legos de allí, y no habría razón de llevarlo, ni vivo ni muerto. Esa ciudad, esa victoria, esa independencia, ese espejismo que esta noche se reusaba a perseguir sin una posibilidad real de alcanzar.
Y sus “confesores” estaban de acuerdo, con la misma tristeza y fatalismo que embargaba su propio corazón. No estaban listos. En caso de avanzar no lograrían una revolución, sino un saqueo y degüello en el caso de que tomaran la ciudad. El costo sería enorme para ellos, terrible para los defensores e inaceptable para él. No se volvería un nuevo Robespierre, asesino de la nación que quería liberar. Así fuese su vida, y la vida de todo su ejercito, no sacrificaría sus almas a cambio de un espejismo de una libertad temporal ganada a través del asesinato de una ciudad entera.
La llegada de media docena de capitanes llamó su atención lejos de sus reflexiones, y tomando una pose marcial correspondiente a su cargo abrió con órdenes:
– Como Capitán General del Ejercito he decidido que mañana a primera hora nos dirigiremos por el rumbo de Toluca, y nos fortificaremos contra el contraataque de nuestros enemigos.
No había razones para abrir un diálogo o invitar a un debate. El sabía lo que tenía que hacerse, y ahora era cosa de forzar a los capitanes a llevarlo a cabo.
Observó a la luz de las llamas, las mandíbulas tensandose y los puños cerrase con fuerza. Sin embargo no hubo ninguna queja inmediata, solo miradas furiosas y penetrantes.
¿Sería que ellos también habían entendido por que debían replegarse habiendo ganado la batalla y quizás la guerra? ¿Había triunfado su entrenamiento y disciplina militar? ¿Por que no decían nada?
Ya toda la tarde habían manifestado, con vehemencia, su desacuerdo con la mera sugerencia de continuar el avance hacia la ciudad. ¿Por que ahora no decían nada?
El capitán, jefe y caudillo de todos ellos, con voz grave y triste, sin enojo aparente, le increpó:
– Padre, ¿Está seguro de esa decisión? ¿Hay forma de convencerlo de cambiar su opinión a este respecto? ¿Aceptaría nuestro consejo en este asunto militar?
El padre contesto manteniendo la posición y fuerza en la voz.
– Su consejo ya lo he recibido y tomado en cuenta, y la decisión ha sido tomada, ahora solo requiero de ustedes que lleven a cabo sus órdenes.
El capitán dejo ver un instante de tristeza en sus ojos, antes de erguirse como el padre no lo había visto hacer en mucho tiempo, desde la madrugada cuando había empezado su aventura libertaria.
– Teniente – dijo con voz de mando sin dejar a ver al padre – ya tiene sus órdenes, por favor llevelas a cabo.
De entre los oficiales el Teniente Coronel, gran amigo del capitán, y su compañero desde el inicio de la insurrección, dio un paso al frente de los demás y levanto su brazo, la mano a la altura del pecho.
El padre se sorprendió al ver una pistola en ella. No pudo decir nada, y su cuerpo cayó hacia atrás sin perder el rictus de asombro, el pecho destrozado por el disparo a bocajarro.
Otros disparos mas terminaron con los demás curas en menos de medio minuto.
– Señores, ya saben que hacer. Avisen a la tropa del asesinato del padre por parte de una partida de realistas, de como asumo el cargo de Capitán General, y de como mañana vengaremos su muerte al tomar la ciudad.
Los oficiales a su alrededor sonrieron, las llamas de la fogata reflejándose en sus ojos fieros.
– La independencia es nuestra, ¡Vamos a por ella!
Los oficiales emitieron gritos y vivas de apoyo. La independencia sería de ellos.
Ya no había nadie mas que pudiese detenerlos.

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Ficción: El Espejo Humeante de Tezcatlipoca

Posted by El Corsario Negro en 2010-06-01

“No tienes nada que temer, nada de que avergonzarte (no mires el espejo)”
– El Espejo Humeante de Tezcatlipoca

Ahora es el turno de Pseudopod.

Un nuevo concurso, un nuevo cuento. Sobre “Alex y el Kobold” hay poco que decir. Mi dominio del inglés resultó insuficiente para la traducción, y el corte de palabras afectó el cuento mas de lo que hubiese deseado. No pasó de la primera ronda, aunque tuvo un par de comentarios positivos. El problema es el resto de los comentarios, que en resumen decían: “???”.

Así que trato otra cosa. Hacer el cuento directamente en inglés, y tratar de hacerlo mas corto. Bueno, el resultado sobrepasó las 400 palabras, pero ya no tuve que cortar nada.

Pongo la traducción al español a continuación (espero que mi dominio del español si sea suficiente), y veremos que pasa en el concurso. A ver si ahora si paso a segunda ronda.

¿Qué haré, ahora, para el concurso de Escape Pod?

El Espejo Humeante de Tezcatlipoca

No tienes nada que temer, nada de que avergonzarte (no mires el espejo).

Tu eres un voluntario. Tu eres un dispuesto servidor de tus dioses. Tu vas a Tezcatlipoca por voluntad propia. Eres un humilde sacerdote, un sacrificio a los dioses. Aún cuando niño nunca diste motivos para que te disciplinaran. Tu siempre has seguido los mandamientos del colibrí azul, Huitzilopochtli, tu deidad patrona. Tu siempre has adorado a los dioses y hecho todos tus sacrificios (no mires el espejo).

Si algo, tu única carencia es que no has muerto. Aún. No has caído en batalla o en sagrado sacrificio, en el templo de los gemelos, con tu pecho abierto y tu corazón levantándose hacia el sol, nutriéndolo. Pero tu has perforado tu cuerpo, orejas, lengua, manos y genitales con las hojas del maguey, y alimentado tu sangre tibia a Tonatiuh, retrasando el fin de esta era (no mires el espejo).

Tu has ido a Tlaxcala a pelear en la guerra florida varias veces. Tu has capturado muchos prisioneros, viejos y jóvenes por igual, para el sacrificio. Tu has usado la lengua de los dioses, el cuchillo de obsidiana, para remover sus palpitantes corazones y derramar su tibia sangre, empapando la piedra de los sacrificios con el sustento de los dioses. Tu siempre has obedecido a los dioses. Tu estás seguro que no tienes nada que temer, nada de que estar avergonzado. No como los sacrificios que gritaban y rogaban, atados y aterrados antes de que los abrieras. No como los hombres que huían del ejercito Mexica, mal armados y sin esperanzas. Tu hiciste lo que se esperaba de ti. Tu solo cumpliste tu deber (no mires el espejo).

Tu entras en la cámara, oscura y llena con el familiar olor rancio y dulce de la sangre seca. Tu perforas tu cuerpo con la espina del maguey, disfrutando en el dolor, y dejando que la sangre fluya libremente en el altar.

Tu no tienes nada que temer, nada de que avergonzarte (no mires el espejo).

Del altar aparece el humo. Del humo aparece el espejo. Aún los dioses hacen sacrificios. Tezcatlipoca sacrificó su propio pié, y obtuvo el espejo humeante en su lugar. El espejo donde cualquiera, incluso los dioses, pueden verse a si mismos como realmente son, sin engaño ni hipocresía. El espejo de la verdad. El espejo de las almas. El espejo que derribó a Quetzalcoatl.

Tu no tienes nada que temer, nada de que avergonzarte (no mires el espejo).

No puedes evitarlo. Tu ves tu rostro sangriento en el espejo. Tu ves la tortura y la matanza y el miedo y el sadismo y las excusas y el dolor.

Tu huyes, corriendo, gritando.

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Ficción: Alex y el Kobold

Posted by El Corsario Negro en 2010-04-08

“Pero no fue a su padre al que asustó esa tarde de lluvia. El Kobold soltó el libro que estaba leyendo (“Las aventuras de Terrorifico Rey Abrammwert”, un muy popular libro de aventuras entre los duendes) cruzó los ojos en un bizco vertical (lo cual es muy difícil que haga un humano) e hizo un ruido que podría interpretarse como un grito de sorpresa, a no ser que pareció mas el chillido de un ratón que descubre que le han hecho una fiesta de cumpleaños sorpresa, con todo y el pastel de tripas de gato.”
– Alex y el Kobold

Iridiscente

Iridiscente

Estoy pensando seriamente en participar en los concursos de Ficción Flash que están realizando PodCastle, Pseudopod y Escapepod (al fin, ya tengo historias de miedo y de ciencia ficción). Solo me faltaba una de fantasía, y la acabo de escribir.

Eso si, para participar necesito traducirla al ingles y reducirla a 500 palabras (o sea mas o menos la mitad).

¿Qué les parece?

Alex y el Kobold

El primero en verlo no fue Alex, sino su hermano mayor. Solo una fugaz mancha blanca que se escabulló rápidamente ante su intempestiva aparición en la parte baja de la escalera. Aunque le causó gran susto, trató de ignorarlo, y tras platicarlo con la familia lo olvidó rápidamente. De cualquier forma nunca volvió a bajar la escalera sin antes hacer algo de ruido, de la forma mas discreta posible, por supuesto.

Alex nunca creyó en fantasmas o duendes antes de conocer al Kobold. Como todos nosotros, cuando eramos niños, tenia terrores nocturnos, un par de no muy cercanos amigos imaginarios y un monstruo dientón bajo la cama. Y Murky, su mejor amigo, un demonio de peluche azul de buen talante y alegre disposición, aunque de limitado vocabulario.

Y nunca hubiese creído en Kobolds y duendes a no ser por que Alex tenia una gran habilidad para esconderse. Pensando en que sus padres acababan de llegar, rápidamente se escondió bajo una cobija a un lado del sillón mas pequeño de la sala, sin hacer ruido, mientras Murky hacía guardia sobre la mesa cercana para avisarle cuando era el momento de asomarse, gritando, haciendo brincar de miedo a su padre, como era costumbre en las tardes de días de escuela.

Pero no fue a su padre al que asustó esa tarde de lluvia. El Kobold soltó el libro que estaba leyendo (“Las aventuras de Terrorífico Rey Abrammwert”, un muy popular libro de aventuras entre los duendes) cruzó los ojos en un bizco vertical (lo cual es muy difícil que haga un humano) e hizo un ruido que podría interpretarse como un grito de sorpresa, a no ser que pareció mas el chillido de un ratón que descubre que le han hecho una fiesta de cumpleaños sorpresa, con todo y el pastel de tripas de gato.

Alex no le pudo ver bien. Además de su estatura baja, similar a la de un niño pequeño, distinguió el viejo chaleco con lentejuelas (a Alex le gustaba mucho usar lentejuelas en sus trabajos escolares) y los pantalones de mezclilla. Divisó el rostro ovalado de ojos pequeños y la salvaje barba naranja, pero no fue hasta que ya eran buenos amigos que ubicó el pequeño gorro, los zapatos amarillos y los botones de latón que eran parte de su atuendo habitual. El Kobold, sorprendido, solo alcanzó a divisar los ojos color miel, la mirada traviesa y las finas manos que se tendían hacia él antes de salir corriendo, con la velocidad y agilidad que distinguen a los duendes de familias decentes.

Quizás todo hubiese terminado en una anécdota, y ellos no se hubieran visto nunca mas, a no ser por el libro. Quizás el Kobold se hubiese mudado, y quizás hubiese conocido otras casas a no ser porque era una primera edición, y estaba firmado por el autor, lo cual lo hacía un libro muy valioso, y los Kobolds guardan gran respeto por las primeras ediciones, sobre todo si están firmadas por los autores. Además se sentía avergonzado de haber sido sorprendido, lo cual sería muy penoso de ser conocido por otros Kobolds. Y los Kobolds saben lo importante de tener una buena reputación.

Así que esperó a la noche, a que terminaran los ruidos y actividad de la casa, para deslizarse silenciosamente dentro del cuarto y hacia el librero de Alex. Trepó ágilmente al tercer entrepaño, sin hacer ruido ni dejar huellas, donde había alcanzado a divisar su libro (cuya encuadernación verde con vivos en amarillo era muy fácil de distinguir, incluso a la luz de su vela) y procedió a recuperarlo.

Por supuesto era una trampa. Muchos años después, en una convención nacional de Duendes, ya pasado de copas (ya que en sus cabales nunca lo habría confesado) platicó a unas hadas que le cayeron muy bien el como resbaló con la crema de manos embarrada en el tercer entrepaño y cayó en la caja de plástico traslucido colocada estratégicamente para capturarle, al pie del librero, y que había ignorado en un primer momento, para un segundo después encontrarse encerrado por Alex, que de forma rápida y valiente puso la tapa antes que se recuperara de la sorpresa y huyera del lugar.

Y es que hay que ser valiente para capturar a un Kobold. Aunque pequeños y delgados son fibrosos y ágiles. Son inteligentes y traviesos. Y aman el poder ir y venir por las casas sin que los vean, y mucho menos que los capturen. Así que Alex demostró valor, velocidad, y que era aun mas traviesa que un Kobold, lo cual es mucho decir. De hecho, desde que los mayas descubrieron al primer “Chaneque”, como ellos los llamaban, solo 4 habían sido capturados, y uno de ellos fue solo porque en una terrible coincidencia la cocina en cuestión estaba llena de maíz podrido y chocolate fresco.

Fue una gran amistad desde el primer momento (bueno, después de una mordida que el Kobold le propinó, y un día que se dejaron de hablar debido a que Alex le escondió su reloj, el cual el Kobold apreciaba mucho al ser un regalo de la esposa favorita de su padre – la esposa favorita del Kobold, no de su padre, que las amaba a todas por igual). Alex aprendió que el Kobold se llamaba Häldenmannchim – aunque ella le llamaba Chim de cariño – y que tenia una predilección por la lectura a la luz de las velas, principalmente de novelas de aventuras. El Kobold aprendió a convivir con un humano, lo cual es difícil para los duendes, a apreciar la música de los Beatles y se volvió muy bueno en videojuegos, pudiendo incluso jugar a buen nivel con Gremlims, los cuales son los mejores en ese respecto.

Eran un buen equipo. Alex le facilitó a el Kobold el tener un lugar tranquilo para vivir y hacer sus dioramas de animales con plastilina y barro, y el Kobold le ayudaba en las labores del hogar. Alex se acostumbró a su ancha cabeza, a sus ojos iridiscentes que nunca dejaban de moverse, y a las frecuentes travesuras que realizaba. El Kobold engordó a base de leche descremada con chocolate y galletas con centro de crema dulce, forjó una relación de complicidad y competencia con Murky que duró muchos años y finalmente pudo terminar de escribir una novela de aventuras, donde el personaje principal estaba basado, aunque de forma disfrazada, en Alex.

Durante el resto de su vida Alex fue conocida por sus vecinos ya que su casa era un ejemplo de limpieza y orden, nunca se le perdían las llaves del auto y en la oscuridad tenía un leve y extraño brillo iridiscente en sus ojos color miel.

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Blog Action Day 2009: Ficción: Chirrido

Posted by El Corsario Negro en 2009-10-15

“Es por culpa del calentamiento global.
¡Ahí esta! ¡Callense! ¡Pueden oír el chirriar de los grillos?”
– Chirrido, cuento original

Me tomé mi tiempo, pero voy a participar en el Blog Action Day del 2009. Este año es cambio climático. Mi forma de participar, una historia original, un cuento.

He descubierto que disfruto escribiendo, y como propósito del año 2010 espero hacerlo mucho mas a menudo.

Por cierto el cuento se basa en un hecho real, Cricky, nuestro grillo mascota que nos adoptó durante algunos meses. ¿Oyen el ruido que hace?

CHIRRIDO

Definitivamente fue el calentamiento global.

¿Les parece extraño, una mala excusa? ¿Creen que estoy loco?

Bueno, quizás esos diabólicos chirridos me han destrozado mis ya frágiles nervios. Quizá han afectado mi razón. Pero yo no la maté. Bueno, lo que maté no era realmente ella. Era ella, pero ya no era ella, ya no era ella desde mucho tiempo atrás.

¿Entienden?

No, no estoy loco, no me miren así. Borren esa burlona sonrisa de su cara.

Les digo que fue el calentamiento global.

¿Que necesitan que los golpee para que lo vean?

Si, perdón, lo siento. Yo no soy agresivo. No lo era. No, no es necesaria la camisa de fuerza. Soy una persona tranquila. Bueno, era muy tranquilo, muy pasivo. Son los metálicos chirridos que ya no puedo dejar de escuchar. Ella tampoco los soportaba, por eso enloqueció. Los chirridos. O quizás ella ya era así, no lo sé. No lo entiendo.

¿Hace calor aquí? ¿Me pueden regalar un vaso de agua fría?

¿Qué se los cuente desde el inicio? Claro, me parece una buena idea.

Cuando salía con mi madre, de paseo, hace tantos años, recuerdo el sofocante calor de las provincias. El olor de la miasma y el pantano. Recuerdo las noches con el zumbido de los escarabajos y el brillo de de las polillas al arder tras tocar las llamas. Y recuerdo el chirrido sin fin de la noche. Un chirrido eterno y odioso, húmero y frío, que prometía agua para nadar y sol para secarse. Un espantoso y monótono chirrido que significaba diversión. Cuando era niño.

Esperen, prometo que la historia es importante para entender lo que pasó. Para explicar lo que hice.

Verán, cuando era niño no pasaba las noches en vela y terror tapándome los oídos. Siempre tuve nervios frágiles. Cuando era niño, en la ciudad, la noche era ruido de autos chocando, de gritos de ayuda y furia, y sirenas de patrullas y ambulancias. Una canción de cuna, y no el horrendo repicar de ese maldito chirrillo infernal. Cuando era niño, aquí en la ciudad, podía dormir.

No, ahora ya no puedo dormir. ¿No los oyen? ¿Cuando tiempo llevo sin dormir? Menos que ella. Ella empezó con el insomnio antes. No lo sé. ¿Un mes? Pero eso no fue lo que la afectó. No es por eso que la maté.

¡Perdón! ¡Yo no la maté! ¡Ya estaba muerta desde antes!

Si, la ataqué. Bueno, no la ataqué. No realmente. Ataqué lo que ella era, ataque la cosa en la que ella se había convertido. Ya no era ella, ella había muerto mucho antes que eso. Ella no era ella. Ya no lo era. Era eso en lo que ella se había convertido. Lo que estaba en su mente cuando ella murió.

Y tampoco lo entiendo.

Pero tenía que callarla. Ya no aguantaba los chirridos. Se los juro.

Si, yo le pegué con el martillo. Pero no a ella. Yo la amaba, saben. No me importa si le dijo a su madre que iba a dejarme. Yo la amaba. No la maté a ella. Le pegué a la forma babeante que aullaba y gritaba y gemía. Le pegue a sus chirridos, a esos odiosos chirridos que hacía por la noche.

¿Los pueden escuchar?

Ella bailaba al compás de esos monótonos y malditos chirridos mientras maldecía y vociferaba. Ella ya no era ella. Ella los tenia en los ojos. Tenía los ojos en blanco y espuma en la boca. ¿Qué podía hacer? Los chirridos ya eran enloquecedores aun sin ella. No tuve otra opción.

Bueno, continúo mi historia.

Al inicio, cuando comenzó, fue una sorpresa maravillosa. Con el calor los empecé a oír, sudoroso en la cama. Nunca antes había escuchados sus chirridos en casa, en la ciudad. Desearía jamás haberlos escuchado. Desearía que mi madre me hubiese ahogado en el estanque del campo, cuando era niño, para nunca haberlos escuchado. Que ella nunca los hubiera escuchado. Dos días después de que empezó capturamos al responsable, paseando por la sala sin pudor, horrible y altanero. Pero por error lo dejó escapar. Ella, claro, lo negó. ¿Pero cómo escapó si ella no lo liberó? Yo todavía le dije que era algo bueno. Un recuerdo de lagos y pantanos. De montañas y bosques. Al inicio, cuando empezó.

¡Que imbécil fui!

Ella lo detestaba, desde el primer día. Lo odiaba, no la dejaba dormir. Esa era su excusa, al menos. Luego empezaron los murmullos a lo largo de la noche. Las largas letanías de insultos y oraciones. Luego los llantos, la risa maniaca y los gritos histéricos. Pero al final fue lo peor. Chirriaba sin parar, babeando, con los ojos desorbitados. Ella había muerto. Lo que estaba atrás de esos ojos. Yo vi lo que había en esos ojos en blanco.

¿Han sentido que hace mucho calor?

El calor causa los chirridos. Cuando era niño los grillos solo vivían en el sofocante calor de provincia. No había grillos, y sus horripilantes y ensordecedores chirridos, en la ciudad. La gente no perdía la razón por culpa el endiablado maleficio de sus ensordecedores chirridos en la noche. La gente no aplastaba cráneos con un martillo con tal de hacerlos callar a la mitad de la noche, con tal de poder dormir.

Es por culpa del calentamiento global.

¡Ahí esta! ¡Callense! ¡Pueden oír el chirriar de los grillos?

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