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Día 14,211: Año del Conejo

Posted by El Corsario Negro en 2011-02-03

“¿Te gustaría llevar al conejo?”
– Preguntando a Alex en el mercado de Xochimilco

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Como siempre, no recuerdo exactamente que hacía por allá. Pero estábamos todos en el mercado de Xochimilco, tratando de ver la final en los televisores de los puestos de comida (¿Super Bowl? ¿Del soccer mexicano? ¿De Basquetbol? No lo recuerdo), cuando pasamos junto a un puesto callejero, a la salida del edificio del mercado, donde vendían animales vivos. Pollos, patos y conejos. Chicos y grandes, con fines de granja, no como mascotas.

Sin embargo nos llamó la atención, y Alex siempre había buscado tener un pato, así que la dejamos ver.

15 minutos después llevábamos una muy pequeña coneja blanca en una bolsa de papel, como si fuese un bolillo.

– ¿Cómo se va a llamar?
– Solecita


Su apetito por cables era tremendo. Tuvimos que subir todos los cables, proteger todas las conexiones. No dejar nada en el suelo. No dejarla sin supervisión en la mesa de la computadora.

Llevaba mucho tiempo sin soldar tanto. Cables de poder. De los controles del Wii, De teclado y mouse.

¿A qué sabe el plástico?


Fueron épicas las discusiones sobre si dejarla tener hijos o no. ¿Dónde los tendríamos? ¿De donde le sacábamos un novio? ¿Era un derecho de los animales el tener relaciones afectivas con otros miembros de su especie? ¿Cómo se organiza una granja de conejos?


Ya nos identificaban en el puesto de verduras. Los que siempre querían una o dos pacas de alfalfa. ¿De dónde inventamos que los conejos comen alfalfa y no zanahorias?


Cuando llegaba a casa iba a ella, y empezaba a dar vueltas alrededor de sus pies. Por alguna razón solo lo hacía con ella, con nadie mas. Y Mon era la única a la que nunca le gruño. En lo personal no sabía que los conejos rugían. Solecita era muy brava, tiraba garrazos, cuando quería o la molestábamos. Excepto con ella.


Era un lío para las vacaciones y feriados. ¿Quién la puede cuidar? ¿La podemos llevar? Conoció Bonanza. Alguna vez se quedo sola una noche en casa, suelta, que es más de lo que puedo decir de mis hijos, al menos a la misma edad.


Solo una vez la sacamos a pasear. Frente a los teatros del centro cultural universitario. A ninguno de los involucrados le quedaron muchas ganas de regresar, los parques de la capital no eran lo nuestro. Era una coneja de casa.


A veces golpeaba el suelo, con fuerza, en alarma, y corría a esconderse rápidamente. La gran mayoría de las veces no identificábamos por qué.


Mon la entrenó para que siempre fuera al baño en su jaula. La única razón para que entrara, ya que normalmente dormía junto a la cama, en su alfombra. Ingeniería reversa, un buen trabajo. Como si fuera gato. Hacía mas fácil lidiar con sus desechos.


Me fui a dormir, tarde para variar, y estaba acostada en su alfombra junto a la cama, aparentemente bien. 3 o 4 horas después había muerto, sin ruido o alerta. Nunca supimos la razón. La cremamos y guardamos en una cajita azul, en el librero, con una foto deslavada de ella, acostada larga cual era, con las piernas estiradas tras ella, en el suelo.


Hoy empieza el año del conejo. Hoy la recordé.


Cada ves que entramos en una tienda de mascotas ya no nos atraen tanto los perros, gatos, ratones, hurónes, patos o pollos. Miramos los pequeños conejos, vemos si sus orejas son como las de ella. Que tan distintos son sus colores. De que color son sus ojos. Cómo se mueven, como saltan. Todavía nadie insiste en llevar uno a casa. Sabemos que no estamos listos, que no será lo mismo, que le estaríamos pidiendo demasiado. Quizás nunca mas tendremos otro conejo. Quizás hasta que mis nietos tengan una buena edad.

Sabemos que todavía la extrañamos demasiado.

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