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Ficción: Alex y el Kobold

Posted by El Corsario Negro en 2010-04-08

“Pero no fue a su padre al que asustó esa tarde de lluvia. El Kobold soltó el libro que estaba leyendo (“Las aventuras de Terrorifico Rey Abrammwert”, un muy popular libro de aventuras entre los duendes) cruzó los ojos en un bizco vertical (lo cual es muy difícil que haga un humano) e hizo un ruido que podría interpretarse como un grito de sorpresa, a no ser que pareció mas el chillido de un ratón que descubre que le han hecho una fiesta de cumpleaños sorpresa, con todo y el pastel de tripas de gato.”
– Alex y el Kobold

Iridiscente

Iridiscente

Estoy pensando seriamente en participar en los concursos de Ficción Flash que están realizando PodCastle, Pseudopod y Escapepod (al fin, ya tengo historias de miedo y de ciencia ficción). Solo me faltaba una de fantasía, y la acabo de escribir.

Eso si, para participar necesito traducirla al ingles y reducirla a 500 palabras (o sea mas o menos la mitad).

¿Qué les parece?

Alex y el Kobold

El primero en verlo no fue Alex, sino su hermano mayor. Solo una fugaz mancha blanca que se escabulló rápidamente ante su intempestiva aparición en la parte baja de la escalera. Aunque le causó gran susto, trató de ignorarlo, y tras platicarlo con la familia lo olvidó rápidamente. De cualquier forma nunca volvió a bajar la escalera sin antes hacer algo de ruido, de la forma mas discreta posible, por supuesto.

Alex nunca creyó en fantasmas o duendes antes de conocer al Kobold. Como todos nosotros, cuando eramos niños, tenia terrores nocturnos, un par de no muy cercanos amigos imaginarios y un monstruo dientón bajo la cama. Y Murky, su mejor amigo, un demonio de peluche azul de buen talante y alegre disposición, aunque de limitado vocabulario.

Y nunca hubiese creído en Kobolds y duendes a no ser por que Alex tenia una gran habilidad para esconderse. Pensando en que sus padres acababan de llegar, rápidamente se escondió bajo una cobija a un lado del sillón mas pequeño de la sala, sin hacer ruido, mientras Murky hacía guardia sobre la mesa cercana para avisarle cuando era el momento de asomarse, gritando, haciendo brincar de miedo a su padre, como era costumbre en las tardes de días de escuela.

Pero no fue a su padre al que asustó esa tarde de lluvia. El Kobold soltó el libro que estaba leyendo (“Las aventuras de Terrorífico Rey Abrammwert”, un muy popular libro de aventuras entre los duendes) cruzó los ojos en un bizco vertical (lo cual es muy difícil que haga un humano) e hizo un ruido que podría interpretarse como un grito de sorpresa, a no ser que pareció mas el chillido de un ratón que descubre que le han hecho una fiesta de cumpleaños sorpresa, con todo y el pastel de tripas de gato.

Alex no le pudo ver bien. Además de su estatura baja, similar a la de un niño pequeño, distinguió el viejo chaleco con lentejuelas (a Alex le gustaba mucho usar lentejuelas en sus trabajos escolares) y los pantalones de mezclilla. Divisó el rostro ovalado de ojos pequeños y la salvaje barba naranja, pero no fue hasta que ya eran buenos amigos que ubicó el pequeño gorro, los zapatos amarillos y los botones de latón que eran parte de su atuendo habitual. El Kobold, sorprendido, solo alcanzó a divisar los ojos color miel, la mirada traviesa y las finas manos que se tendían hacia él antes de salir corriendo, con la velocidad y agilidad que distinguen a los duendes de familias decentes.

Quizás todo hubiese terminado en una anécdota, y ellos no se hubieran visto nunca mas, a no ser por el libro. Quizás el Kobold se hubiese mudado, y quizás hubiese conocido otras casas a no ser porque era una primera edición, y estaba firmado por el autor, lo cual lo hacía un libro muy valioso, y los Kobolds guardan gran respeto por las primeras ediciones, sobre todo si están firmadas por los autores. Además se sentía avergonzado de haber sido sorprendido, lo cual sería muy penoso de ser conocido por otros Kobolds. Y los Kobolds saben lo importante de tener una buena reputación.

Así que esperó a la noche, a que terminaran los ruidos y actividad de la casa, para deslizarse silenciosamente dentro del cuarto y hacia el librero de Alex. Trepó ágilmente al tercer entrepaño, sin hacer ruido ni dejar huellas, donde había alcanzado a divisar su libro (cuya encuadernación verde con vivos en amarillo era muy fácil de distinguir, incluso a la luz de su vela) y procedió a recuperarlo.

Por supuesto era una trampa. Muchos años después, en una convención nacional de Duendes, ya pasado de copas (ya que en sus cabales nunca lo habría confesado) platicó a unas hadas que le cayeron muy bien el como resbaló con la crema de manos embarrada en el tercer entrepaño y cayó en la caja de plástico traslucido colocada estratégicamente para capturarle, al pie del librero, y que había ignorado en un primer momento, para un segundo después encontrarse encerrado por Alex, que de forma rápida y valiente puso la tapa antes que se recuperara de la sorpresa y huyera del lugar.

Y es que hay que ser valiente para capturar a un Kobold. Aunque pequeños y delgados son fibrosos y ágiles. Son inteligentes y traviesos. Y aman el poder ir y venir por las casas sin que los vean, y mucho menos que los capturen. Así que Alex demostró valor, velocidad, y que era aun mas traviesa que un Kobold, lo cual es mucho decir. De hecho, desde que los mayas descubrieron al primer “Chaneque”, como ellos los llamaban, solo 4 habían sido capturados, y uno de ellos fue solo porque en una terrible coincidencia la cocina en cuestión estaba llena de maíz podrido y chocolate fresco.

Fue una gran amistad desde el primer momento (bueno, después de una mordida que el Kobold le propinó, y un día que se dejaron de hablar debido a que Alex le escondió su reloj, el cual el Kobold apreciaba mucho al ser un regalo de la esposa favorita de su padre – la esposa favorita del Kobold, no de su padre, que las amaba a todas por igual). Alex aprendió que el Kobold se llamaba Häldenmannchim – aunque ella le llamaba Chim de cariño – y que tenia una predilección por la lectura a la luz de las velas, principalmente de novelas de aventuras. El Kobold aprendió a convivir con un humano, lo cual es difícil para los duendes, a apreciar la música de los Beatles y se volvió muy bueno en videojuegos, pudiendo incluso jugar a buen nivel con Gremlims, los cuales son los mejores en ese respecto.

Eran un buen equipo. Alex le facilitó a el Kobold el tener un lugar tranquilo para vivir y hacer sus dioramas de animales con plastilina y barro, y el Kobold le ayudaba en las labores del hogar. Alex se acostumbró a su ancha cabeza, a sus ojos iridiscentes que nunca dejaban de moverse, y a las frecuentes travesuras que realizaba. El Kobold engordó a base de leche descremada con chocolate y galletas con centro de crema dulce, forjó una relación de complicidad y competencia con Murky que duró muchos años y finalmente pudo terminar de escribir una novela de aventuras, donde el personaje principal estaba basado, aunque de forma disfrazada, en Alex.

Durante el resto de su vida Alex fue conocida por sus vecinos ya que su casa era un ejemplo de limpieza y orden, nunca se le perdían las llaves del auto y en la oscuridad tenía un leve y extraño brillo iridiscente en sus ojos color miel.

2 comentarios to “Ficción: Alex y el Kobold”

  1. Bolo Lacertus said

    ¿Como quiere los comentarios, por correo o por este medio?, pero en principio, está divertida su historia.

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